Música monstruosa que debes escuchar: The Vooduo

Lado A:
en el que Eerie Powers y Neidi Night comen cerebros en León

Cada año pasan por León miles de peregrinos. Van a San Juan de los Lagos, Jalisco, a ver a la Virgen. Dicen que es milagrosa. No me consta. Lo que sí está claro es que la visitada es un ícono tremendo de la cultura popular. Se le ve por todos lados, casi como a la del Tepeyac.

Los sanjuaneros van con el semblante serio, cargan provisiones en su mochila, llevan sombreros para que el sol no los enceguezca, calzan zapatos especiales para su deporte extremo particular. Caminan, caminan, caminan. Detienen el tráfico. Acampan en baldíos, donde reposan los pies, se truenan las ampollas y rellenan las cantimploras, todo un ritual devoto de expiación, una búsqueda de una epifanía que muchas veces es sólo convencimiento: creo en esto a pesar de todo; quiero creer, a pesar de todo. Y luego, caminan, caminan, caminan.

Algunos, menos, van en bici. Los bicicristos, les dice mi pana Don Camisa. Los catoliclistas. Algunos, poquísimos, enfermos o ancianos, van en automóvil. No es comodidad, es practicidad: ya no pueden andar, pero igual peregrinan. El punto es pasar por el trance del camino y cumplir con la manda. Forzar la epifanía. Los milagros se trabajan y ellos tienen toda la pinta de saberlo. 

Chico Bestia, otro de los panas, llega a la central de autobuses de León. Es 23 de enero de 2015, la mera época de sanjuaneros. Lleva una playera negra con la familia Munster en el pecho y zapatea con unas botas industriales de las que usan los trabajadores de la refinería de Salamanca, donde vive ahora, muy a su pesar. Es viernes, trae algo de parné en el bolsillo y está de regreso en su ciudad. Cuidado, nenas, que Chico Bestia anda por estas calles. Abran paso, vagales, que ahí va el golpe.

Toma un taxi. Llega al Jaibol, en la Pedro Moreno: es la casa del underground leonés, donde se reúnen los bichos ansiosos de rawk y las sabandijas que bailan ritmos psicodeliciosos guapachecos. Se acoda en la barra, espera. Está muy ansioso. Y cómo no: viene The Vooduo a este puebloide marrano. Esta noche Eerie Powers y Neidi Night tienen hambre, van a succionarnos el cerebro y a comerlo. Y todos vamos dispuestos, alelados por su garaje chamagoso: son unos flautistas de Hamelin con guitarras y tambores y pinta vampiresca.

Sólo puedo decirlo así: The Vooduo (Eerie en la Danelectro, Neidi en bombo y tarola), esos californianos basurablanca, nos destrozaron. Distorsión, psicosis, desenfreno. Lo bien que lo pasamos sólo puedo describirlo en onomatopeyas ridículas, como cuando Homero Simpson intenta explicar un platillo delicioso haciendo “aaaaaaaagh.” Así de salvaje, así de genial.

A la mañana siguiente, nos descubrimos llenos de moretones, totalmente deshidratados, con ojeras de Fester Addams y los pies casi desarticulados. Parecemos, en efecto, jodidos zombies.

Acompaño a Chico Bestia a la central de autobuses. Es domingo. Todo se siente lento. Con esa pinta, arrastramos los pies mientras nos dirigimos al camión que lo devolverá a Salamanca. No somos los únicos: esa pinta también llevan los cientos de sanjuaneros cansados que también regresan a sus lugares. Cualquiera, de lejos, nos confundiría con peregrinos. Dos más en la masa de zombies que pululan por la terminal, con los ojos enrojecidos, el andar lento, los gruñidos lelos.

La diferencia es que a nosotros nos comió el cerebro The Vooduo. No, Chico Bestia, espera: nosotros nos salvamos de la invasión zombie. La música nos salvó. De esto se trata todo. El ritmo ha obrado milagros. ¡Viviremos!

A veces hay que forzar la epifanía.

Lado B:
en el que intento describir el ruido de The Vooduo
(y termino todo melifluo hablando de horror, rayando el oxímoron)

Aunque ellos ya lo hicieron por mí (describir su ruido, quiero decir): Blood soaked tunes for the B-movie set, dicen. A eso suenan, por supuesto.

The Vooduo son, ya lo decíamos, dos chalados californianos. Se conocieron gracias a su mutua obsesión por el cine B y el rock’n’roll. Son, además, pareja; una especie de Lux Interior y Poison Ivy… en versión serie-B, si eso es posible. Coleccionan discos de garaje y rockabilly, así como parafernalia brujeril y viejas cintas de terror. Tal es su ansia de horror que hace unos años pusieron un local de renta y venta de filmes de culto en VHS. Uno quisiera ser su mejor amigo.

Sus canciones se tratan de monstruos y viejas películas de la Universal y de vampiros y zombies y motocicletas; de Tura Satana y las übervixens de Russ Meyer; de sangre y vísceras; de moteles tétricos y carreteras infestadas de horrores; de ese american gothic turned bad, de desórdenes mentales y héroes copetudos del rock; de hacer surf, de beber, de brincar. Sigue, una a una, las reglas de rigor del garaje y el psychobilly. Mantienen una tradición horrífica que se niega a morir: la del shock, lo estridente, lo visceral. Como una troupe de circo de fenómenos, recuerdan al mundo eso que sólo los bichajos y los outsiders tienen presente siempre: la gallardía toma muchas formas, incluso distorsionadas, pero se detecta porque es honesta y genuina y palpitante, aunque enigmática. Estoy poniéndome todo elegiaco de-a-gratis pero, hey, es música. Si no nos emocionamos con ella qué.

Qué.

El horror es fascinante, teatral (en el buen sentido, si es que lo hay), chocarrero. Es esencial. Efectista. Nada ensimismado: siempre busca un efecto en el otro, de Poe a Hershell Gordon Lewis. Puede ser de fórmula, lo que sea; detractores sobran. Pero aquí sigue y seguirá.  creo en esto a pesar de todo; quiero creer, a pesar de todo. Tal vez sea una cosa de bichajos y outsiders

Es bueno ser uno de esos. Nos divertimos más.

Rawk!

C/S.

(Las fotografías del gig de The Vooduo en Jaibol, León, son de Gerardo Isoard.)

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