Blow Dry, muertes de celebridades y el libre albedrío

Una de mis películas favoritas, con Alan Rickman, es Blow Dry. No estoy diciendo que no me guste el resto: claro que amo Die Hard, puedo recitarla casi toda de memoria. Claro que cuando leí los últimos dos libros de Harry Potter, no podía ver o escuchar a Snape sin  Rickman.  Claro que The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy no me parecería tan disfrutable si Marvin hablara con otro tono.

Es gracioso, esto de las celebridades, aunque “celebridad” se ha vuelto prácticamente un insulto. Las Kardashian son celebridades, por ejemplo. Rickman era un actor. Y ni siquiera necesito ponerlo en cursivas, negritas y Arial 12, el tipo simplemente era bueno en su trabajo, sin necesidad de florituras.

Pero decía que es curioso. Porque obviamente, hay personas que han llorado su muerte, de la misma manera que otros (y en la intersección de ese diagrama de Venn hay muchos) han llorado la muerte de Bowie. Y digo llorado, tal cual. Más de uno se sintió triste. Desde los que sintieron que su día tenía una nube hasta los que, como yo, nada más decimos un “chale” o un “chingao”.

Leí muchas veces, en este par de días, el típico comentario: “ash, no sé para que le lloran”. También la observación bastante idiota que intenta separar a los “de esta generación” con los de “la otra generación”: “es que si les gusta porque lo vieron en Harry Potter, no saben nada”. “Es que los jóvenes de hoy en día no saben quién es Bogüi, goey”.

Escojan ustedes si están en alguna generación. Yo ya dejé de escoger. Si yo estuviera en la que se supone que estoy, con base en lo que dicen muchos de los contemporáneos, no entendería Snapchat, odiaría el cine y la televisión actuales y la música se habría terminado en 1997, año del hit internacional Macarena (aaaah-ah, uh). Y no. Sé que un día pasará, que un día renegaré de los que nacieron 10 o 15 o 20 años después que yo, pero me gustaría que pasara justo 2 o 3 segundos antes de morir. “Eshtúpidosh, la juventud she deshperdicia en losh jovenesh”. Cue a día lluvioso. Cue a Hallelujah.  Fade out. Créditos. Escena sorpresa que todo mundo espera después de los créditos. No se dañaron a los pandas aparecidos en este documental.

Cada vez leo más, de una parte de la gente de mi edad, que los demás no saben, que no estuvieron ahí. Que ellos son los que fueron cool. Y es una eterna invitación al unfollow, al mute, al ‘ver menos posts como este’. Porque, en ese caso, todos tenemos alguna afición que no surgió justo en día en que nacimos y que fue diseñada enteramente para nosotros. Ya me imagino que un día llegarán los octagenarios a decirnos “es que no te puede gustar The Godfather, porque todavía ni podías cagar sólido, yo tenía 20 años, yo estuve ahí”. Es un asunto que me cansa y que, para ser sincero, me asusta un poco. Empiezo a temer que un día me contagien y yo mismo comience a odiar a los más jóvenes que yo, nada más porque a ellos no les baila la piel bajo un secador de manos de Starbucks ¿Se han dado cuenta, bohemios? Es una maldita desgracia.

Y acerca del asunto de llorar o no llorar… pues miren, les voy a decir lo que decía mi abuelita: “no están llorando con tus ojos”. No, en serio. Y entiendo, el 90% de los mensajes en tu timeline de Facebook o Twitter o tus grupos de WhatsApp es monotemático y lo odias y ¿para qué lloran? Ay, eso qué. Ash ¿siguen con eso? Aquí hay que entender algunas cosas:

  1. Las personas tienen intereses y afectos. Sí, muchas solo están compartiendo la noticia porque quieren formar parte de “algo”, tanto como los que repiten incansablemente los memes de hace 10 años también quieren hacerlo. Pero para otros, David Bowie representa la primera vez que escucharon algo completamente distinto. O la noche que estaban solos en un aeropuerto. O la primera vez que tocaron, al fin, las protuberancias de su otro significante. Pasa lo mismo con Alan Rickman. Esa es la película con la que más reí. Ese día fui con mis amigos y nos la pasamos genial. Es la primera película clasificación C que vi, aprobada por los irresponsables de mis papás, a mis 8 años. Ambos formaron parte de algún momento en sus vidas, los recuerdan con cariño y en la inmensa mayoría de los casos, jamás los vieron en persona o en un concierto o comprando naranjas en Superama. Pero les dejaron algo que persiste más allá de la presencia física. Y, además, pues cada quien expresa lo que quiere expresar ¿no?
  2. Sí, la gente va a leer, comer, escuchar y ver cosas nuevas a partir de que se muere alguien. Para muchos, ese es el punto de entrada: no conocían al Autor y todo mundo habla de él y de su obra maravillosa y tienen un par de megas en en Kindle y cinco de los de Washington en la tarjeta ¿Eso es malo? Por supuesto que no. A menos de que tengas un grado académico de estudio y que El Recién Difunto sea el objeto, no tienes mucha más autoridad que el que acaba de agarrar la tercera y más famosa novela del Autor hoy. Y, decía mi maestro de Televisión: “muchas veces, un teveadicto tiene más autoridad que un comunicólogo” ¿Por qué? Bueno, porque el teveadicto se sienta a ver de todo, mientras que el comunicólogo escupe en los gustos de los demás. Yo lo sé. Tengo muchos colegas así.
  3. Salvo que ustedes sepan algo que yo no, en el Terms of Service de las redes sociales no dice: “Y seguirás por siempre y para siempre a todos aquellos que no te simpatizan y que hablan de temas que te desagradan, pues Yo soy el que Soy y esta es la verdad”.
  4. Todos queremos atención, cuando tenemos un sitio, un blog, una cuenta de Twitter o Facebook. Es más sencillo pedirla que ponerse bitchy. Pregúntale a alguien si quiere hablar contigo o no, por lo menos vas a saber en dónde estás parado.

Blow Dry, les decía, es una de mis películas favoritas de Alan Rickman. Un peluquero excepcional accede a ayudar a su exesposa, quien lo dejó por otra mujer, en una última aventura: una salvaje y frenética competencia de cortes y peinados. La exesposa está muriendo de cáncer y todo sucede en un pueblito británico. Es una comedia simple, con tintes de drama, que pueden ver con toda tranquilidad un sábado por la tarde y que los va a hacer sonreír más de una vez ¿Qué más se le puede pedir a un actor, que hacerte sentir algo, en una era en la que estamos muy prontos a declarar que nadie siente como nosotros sentimos en el verano aquél?

Protagonizan: Alan Rickman, Natasha Richardson, Rachael Leigh Cook, Josh Hartnett y Bill Nighy, quien es el villano. La pueden encontrar en Netflix US, con la ayuda de Hola, ZenMate, TunnelBear y similares, si no están en Estados Unidos.

Tú me pediste un milagro. Yo te doy al Efe Be I.

 

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