Recordar por recordar (Parte 1)

Últimamente he estado teniendo más flashbacks de lo normal de cómo eran las cosas antes y qué tan diferentes son ahora (“en mis tiempos caminábamos 20 kilómetros en la nieve para ir a visitar al abuelo…”), creo que porque hasta la fecha no me había tocado toparme con alguien que tuvo una infancia / adolescencia tan diferente a la que viví. La vida dio muchas vueltas y acabé casada con un geek de una cepa muy diferente a la mía: un geek que creció prácticamente alienado de la tecnología.

Las últimas dos semanas nos la hemos pasado jugando Pokémon Go juntos y ha sido una experiencia bien interesante porque me está tocando ver, desde cero, cómo alguien se va aprendiendo los nombres de (hasta ahora en el juego) 150 criaturitas, sus evoluciones y su “tipo”; algo que yo doy por sentado por todas las horas invertidas en el juego de Game Boy hace aproximadamente 2 décadas.

Me parece fascinante pertenecer a la generación que ha visto muchas tecnologías nacer y evolucionar. Empecé la primaria sin computadora en casa, pero en ese entonces ya se consideraba medio obsoleta la máquina de escribir, por lo que las tareas se hacían a mano. De repente nos empezaron a dar clases de cómputo en la escuela, que consistían básicamente en jugar SkiFree y hacer garabatos en Paint.

skifree

Al poco tiempo, tener una computadora en casa dejó de ser un lujo impagable y pasó a ser un lujo únicamente para pronto volverse una necesidad. Los trabajos ya no podían ser a mano, las portadas tenían que tener algún tipo de Clipart y casi toda la información que se podía necesitar se podía encontrar en la Encarta. Y justo cuando creías que tenías al mundo al alcance de tu mano, llegó el internet y Netscape para mostrarte que, ahora sí, la información era infinita. Además, el internet era la llave al mundo de la información sin filtros (para bien o para mal).

Teníamos una computadora en el pasillo (gracias a uno de mis hermanos que desde chavito se interesó en IT)  que compartíamos todos y no era nada despreciable. Servía para la tarea, pero más que nada para juegos de PC. Si no hubiese sido por “Zeus” (así la bautizamos), yo no hubiese tenido acceso a la mayoría de los juegos que otros niños normales podían jugar en su casa porque sus papás no habían satanizado a las consolas. Fue gracias también a otro de mis hermanos que los videojuegos nunca faltaron en casa.  Recuerdo jugar emuladores un par de horas al día, irme a dar vueltas en la bicicleta con los vecinos, meternos a casas abandonadas y hacerlas nuestros “cuarteles felinos” y obviamente dejar la tarea para el día siguiente a las 5 am.

Cuando aún estaba en la primaria, el acceso a internet desde casa sí seguía siendo un lujo. Nosotros teníamos dial-up y se usaba primordialmente para jugar Duke Nukem o bajar canciones via Audiogalaxy. Bajar un mp3 tardaba aproximadamente 45 minutos, tal vez un poco más o un poco menos. Me acuerdo de mi Winamp lleno de Alanis Morissette y The Cranberries. Me acuerdo que me quedaba despierta para ver a Ruth en MTV a ver qué nueva canción descubría para bajarla. Luego venía la emoción de quemar un CD, que no era cualquier cosa. Solo quemaba canciones muy especiales y muy de vez en cuando, pues todavía eran bastante caros — o al menos lo eran para alguien de mi edad. Para las canciones del momento, la opción era tener el cassette listo en la grabadora y esperar a que la estación de radio programara la rola o llamar y cruzar los dedos porque la pasaran completa. Tenía cierto grado de riesgo y requería también habilidad. Bajar canciones de internet también era una mini hazaña, al menos durante el día, porque siempre corrías el riesgo de que alguien descolgara el teléfono justo antes de que se completara la descarga. Luego descubrimos un programa que te ayudaba a resumir las descargas en caso de que eso pasara, pero no recuerdo el nombre ahora. Algo así como un protoTorrent.

Al mismo tiempo, mIRC y ICQ eran la onda — podías hablar con varios amigos (y desconocidos) al mismo tiempo y sin que nadie te ande espiando. Las llamadas telefónicas tenían su encanto y cierto grado de valentía, eso sí, porque te arriesgabas a que te contestara el papá o el hermanote de la niña que te gusta cuando llamabas a su casa. Tenías que pasar ese filtro; tenías que decir tu nombre y estar dispuesto a responder cualquier pregunta que pudieran hacerte en cualquier momento. También estabas sujeto al más bajo espionaje cuando alguien levantaba la bocina y se quedaba quedito escuchando lo que tú y tu amorcito andaban platicando. Nada de hablar por teléfono después de una cita, qué miedo que te conteste su papá a la 1 am. De alguna forma, el cortejo tenía momentos de descanso obligatorios.

IRC

Luego llegaron los celulares. Cuando estaba en 6to de primaria se estrenó Matrix en el cine y Nokia se volvió el líder en telefonía móvil en lo que para mí se sintió como un abrir y cerrar de ojos. De repente, todos ya tenían celular. En ese entonces, las llamadas aún eran muy caras y los mensajes de texto también. La manera en la que empezamos a sacarle jugo a nuestros nuevos juguetitos para ayudarnos con el ligue (¡qué raro se siente escribir que en 6to de primaria ya andábamos ligando!) era timbrar y colgarle a la persona que nos gustaba. Así como el equivalente a un “zumbido” del MSN Messenger o un “poke” en Facebook. Y así nos la pasábamos a la hora del recreo checando las llamadas perdidas e intercambiando uno que otro SMS de amor. Si eras cool, llevabas a la escuela una hoja con las claves impresas para crear tus propios ringtones midi, como el de La Pantera Rosa o Mi Bella Genio.

Por un lado, tener un celular era una herramienta de ligue muy poderosa. Lo malo es que también le dio a los papás el poder de la omnipresencia y a nosotros la tácita obligación de tener que contestar el teléfono cuando sea que te llamen “si no pa’ qué te lo compramos, mija”. Ahora sí, tenías que avisar de cualquier cambio de planes. Esto, para quienes éramos diablillos desde tierna edad, rápido se volvió un problema. De pronto, ser adolescente y tener un celular se volvió más beneficioso para tus papás que para ti mismo.

Ya en la secundaria, casi todos teníamos computadora en casa y empezó la locura de las cadenas de Hotmail y el Windows Messenger. Los que no adoptaron mIRC ni ICQ antes llegaron al Messenger con 17 millones de caballos de fuerza y sedientos de comunicación “gratuita” – la telefonía móvil seguía siendo bien cara. Tanto adolescentes como adultos le dieron la bienvenida a estar conectados / disponibles por horas cada día, volviéndolo parte de su rutina. De repente, el teléfono de la casa dejó de sonar tan seguido y no por el dial-up; todos estábamos chateando.

msn_aqua

Todo esto sucedía mientras pasaba por las etapas normales de la niñez y adolescencia. Me caí varias veces de la bicicleta, no me perdía fiestas de cumpleaños, me llevaban flores a la salida de la escuela, amaba las pláticas por teléfono con mis amigas y me emocionaba ir al cine los sábados “para ver a los guapos”. Circa 2003 ya había pasado por varias computadoras, celulares, toparme con contenido que no quería ver, desvelarme por quedarme chateando con alguien e irme “en vivo” a la escuela al día siguiente.

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