Billie Lourd, el fin de año y las distopías

Hoy he estado pensando en Billie Lourd.

Eso no es raro. Pienso en Billie Lourd seguido porque tengo un crush adolescente con ella. O con su personaje en Scream Queens. O algo en medio de eso. Como todo lo que me pasa (y te pasa), no es tan en blanco y negro y tiene una razón en especial que no discutiré aquí, porque bastante tuve con darme cuenta de ello.

Pero no es por eso que pienso en ella, por lo menos hoy.

Este año lo iniciamos con obituarios. No solo se fue David Bowie, también Alan Rickman, protagonistas de los recuerdos y tradiciones de muchos de nosotros. Rickman, por ejemplo,  está presente en todas tus navidades, seas potterhead o fan de Die Hard.

(Nota: justo en este momento, el shuffle pone el tema de Ginny en El Príncipe Mestizo. Kismet.)

Este año lo iniciamos con quejas. Bah, ahora resulta que la gente se sorprende de que las personas se mueran. Bah, ni siquiera es de su familia. Bah-ah, no te sabes otra canción aparte de la que cantaban con Queen, y eso con trabajos.  O el peor “bueno, me subo al tren del mame y hago choo-choo“, mientras comparten la nota, la hashtag y el sentimiento claro de “esto no me importa como a ustedes, imbéciles, pero quiero salir en el Trending Topic”. Y miren, en primer lugar, nadie se sorprende de que la gente muera. Es decir, nadie dice “guau, el cese de actividad cerebral y cardiovascular de estos individuos es algo sencillamente acojonante y nunca visto”. No es por ahí, aunque muchos quieren forzar que sea por ahí, porque es la única queja que se les ocurre. En segundo lugar, las cosas significativas no necesariamente tienen que volverse un catálogo de tarjetas raras de Topps. Por ejemplo, a mí no me gusta Metallica. No los odio, pero no me gusta su música o mejor dicho, me pasa de noche. No sé, como Arctic Monkeys. Me entran por un oído y me salen por el otro. El punto es que Nothing Else Matters me es especial, por razones que tampoco voy a discutir. Es como ese lápiz que tienes desde la primaria o la envoltura de ese regalo que te dieron en la prepa. Es algo tuyo de un gran valor, aunque sin tipo de cambio.

Por eso entiendo a los fans que lloran. Yo no lo hago. No porque no quiera o porque sí quiera, sino porque esa no es mi respuesta. Lo que siento es un “chale” emocional. Ya saben, esa sensación de que el mundo es un poco peor, porque hay un talento menos. Alguien, que dedicó toda su vida a entretenerte a ti, a tus hijos y muy probablemente a tus nietos, ya no está por acá. Si tuvieron una vida larga y próspera, nos perdemos de sus entrevistas y relatos. Si además, seguían trabajando, ya no podremos maravillarnos con algo nuevo y tendremos que conformarnos con las reediciones de sus películas, libros y discos. Ja. “Discos”.

Pero no es exactamente eso por lo que estoy pensando en Billie Lourd.

Este fue un año en que hice eye roll hasta que sentí las pupilas en la nuca. Soy menos combativo y menos argüendero, así que es mi respuesta física automática. Primero, hacia los “no entiendo por qué le lloran”, porque, como ya les había dicho, son personas que lo único que quieren es que se platique con ellos, pero no lo hacen directamente. Luego, hacia los recolectores de reacciones, como los que hacen un chiste justo después de que sucede una tragedia. O con los que justifican su horrible personalidad con artículos del Huff Post. Los que ven lo de los XV como mexicancuriousohmaigott, a pesar de, ejem, comer tacos de tripa los sábados sin falta. Los que odiaron a los que se ocuparon 5 minutos de los XV, porque “eso nos vuelve más idiotas”. Los que opinan que si leen algo acerca de los XV, eso es lo que tiene al país en la ruina (y no el que nos da hueva ir a reclamar al diputado o al presidente de manera legal). Los que opinan que es na-quí-si-mo eso de los XV, pero ps, ahí les va este meme de que el América es de putos. There’s only two things I can’t stand in this world: people who are intolerant of other people’s cultures… and the Dutch. Se muere David Bowie “gü-ey, ustedes ni lo vieron en Worcestershire en el 76”. Se muere Prince “gü-ey, a mí me escupió en la cara después de un concierto”. Se muere cualquier otra persona “imbéciles, hay problemas reales. Pero ahorita los atiendo, ya va a pelear Ronda”. Y: “ash, la gente se muere siempre y el año solo es una construcción humana y ash. Hashtag feliz 2017, hastag alguién Eye roll, eyeroll, megaeyerollodontcetera.

He estado pensando en Billie Lourd, porque creo que yo no habría sobrevivido algo así. Una semana después de que murió mi hermano (ya he escrito acerca de eso), no me le despegué a mi mamá, día y noche. Noche y día. Siempre andaba detrás de ella y me aseguraba de comiera. Entendí un poco esa aprehensión obsesiva de mis papás, cuando me llamaban (llaman) cada que se les ocurre que no he comido o que estoy enfermo o que me tardo más de un día en llamarles yo. Si no fuera por eso, no habría estado detrás de ella el día en el que su cerebro dijo “tiempo fuera”… justo al llegar al tope de las escaleras. No la habría sostenido. No tendría mamá hoy.

He estado pensando en Billie Lourd porque he estado pensando en la muerte. En general y en la mía, que es particular. Fue un año en el que muchos creativos y sí, famosos, murieron jóvenes, ergo, te mueve el tapete, güey. Te saca’e pedo, güey. Y muchos lo ven como un símbolo de que la niñez de los cuarentones está muriendo. Yo no. Mi niñez ahí está, existe en una rebanada de tiempo, pero solo para mí. Mi mamá la ve de otra manera. Mi papá de otra. Mi doctor de cabecera seguramente ya ni se acuerda de mí. Lo que yo veo es gente que, ajá, gana más que tú en una quincena, pero que están dispuestos a ponerse pelucas tontas y decir diálogos absurdos para entretenerte. No solo eso, además te hacen creer en lo que hacen. Te hacen sentir lo que cantan y actúan y escriben. Es un mundo en el que muchas veces la gente se conforma con un mensaje por WhatsApp en lugar de ir y manosear lo que tenga que manosear al remitente del emoji. Porque, ay, qué flojera. Ay, ¿y si no funciona? Ay, ya pusieron esa serie en Netflix, ni modo que no la vea.

He estado pensando en Billie Lourd por sentir empatía con otra persona. Lo que pensé cuando murió Debbie Reynolds un día después que Carrie Fisher fue “pobre familia”. Y luego “coño, pobre chica”. Y peor: pobres de todos nosotros. Porque el mundo, hoy, se ve como los créditos de entrada de cualquier película de desastres, de apocalipsis zombi o de The Purge. Estamos a un pasito de la distopía y de que explote la Estatua de la Libertad y los simios nos dominen. A dos semanas de que nos arrodillemos ante Zod y de que el asteroide se acerque. El futuro, escrito por George R.R. Martin, dirigido por Lars von Trier, distribuido por Videocine.

Pero uno no puede evitar querer que las cosas estén bien. Pienso en la muerte, en mi muerte y digo: not today, Satan. No es que no nos vayamos a ver, pero mejor otro día ¿sale? Luego, cuando estemos menos ocupados. No puedo evitar querer que la gente tenga salud. Que no nos vayamos todos al demonio. Que esa cosa misteriosa llamada “economía” no nos siga metiendo la cara en el fango. Que los que están solos sin quererlo, no lo estén, que las guerras se acaben, que las últimas horas de 2016 no nos quiten todavía más. Que todos tengan qué comer y en dónde dormir. Que no falte el dinero. Que puedan seguir adelante. Que superen los baches emocionales. Que si están deprimidos, puedan estirar la mano y mandar un mensaje. Que siempre tengan respuestas. Que si perdieron a alguien este año, puedan encontrar consuelo. Que se me quite el mal humor por las cosas que no puedo controlar. Que seamos felices, pues y que nuestras felicidades no le metan el pie a las de los demás y que, aunque estemos a cinco centímetros de una película de Roland Emmerich, al final nuestras vidas sean Ferris Bueller’s Day Off. Porque se mueve muy rápido y si no te detienes de vez en cuando, te la puedes perder.

31 de diciembre, 2016

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