Bookends: 50 años de la obra maestra de Simon & Garfunkel

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Octubre, el año siguiente al 11-S, Nueva York. Un menda joven, repleto de preguntas, desconcertado, pero con ansias de color y mundo, vaga por sus calles como si no hubiese otra cosa en el planeta. No la hay. The only living boy. Tanta candidez y tanta emoción que saltarían chispas al contacto con otra piel, de haberlo.

Las caras de los neoyorquinos reflejan la lucha de reaprender a vivir en la ciudad. Aún así, todo parece fantástico: Greenwich Village, Chinatown, Times Square. Desayuna en los delis, consigue que le sirvan cerveza (aunque no tiene edad legal), va a los museos. Persigue algunas huellas, las que puede encontrar con tan poca cabeza, con tan poca información (¡es 2002! ¡Internet es relativamente joven!) y con tanto entusiasmo, de la historia del folk que le fascina, de la historia del teatro que le fascina, de Holden Caulfield y de Woody Allen: su falta de ID le impide entrar al Carlyle un lunes por la noche a escuchar a Konigsberg tocar el clarinete. Entra a museos, toma algunas fotos de edificios, se enamora en cada esquina. Compra algunos discos de jazz en tiendas que sé que ya no existen, come bagels y pretzels, se medio muere de asombro en cada paso. Y aunque ese zagalillo volviese hoy con más bagaje, dudo que se lo pasaría tan bien.

El último día, nuestro pequeño y encantador imbécil se queda dormido sobre una roca en Central Park y casi pierde su avión de regreso a la realidad. ¿Era tal vez esa la intención?

Pero a lo que voy: el menda tiene una misión. I’ve come to look for America, se canta a sí mismo, con un discman en la mochila y unos audífonos en las orejas, dándole vueltas una y otra vez a aquella canción de Simon & Garfunkel. Vueltas y vueltas. Vueltas y vueltas.

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Bookends es el cuarto álbum de Simon & Garfunkel, dos chavales judíos (uno de Newark, el otro de Queens) de clase media que pasaron de ser una curiosidad folk a ser dos de las selectísimas cabezas de la revolución pop de los 60. Cuando comenzaron, se hacían llamar Tom & Jerry. Su debut en 1964 había tenido un discretísimo éxito, pero –en un caso que puede considerarse lateral al de Dylan– la “electrificación” de su single “The Sounds of Silence” en 1966 los colocó en un lugar visible para la generación hip. Si bien su sonido siguió folkie y nunca perdió el lado acústico y melódico (por lo que parte del público los consideraba “blandos”), es cierto también que se aprovecharon de la época, tan benéfica en cuanto a tolerancia de las compañías discográficas a las experimentaciones en estudio, para crear grabaciones que quedaron para la historia como muestras históricas de las grandes posibilidades expresivas del pop. De “I Am A Rock” a “The 59th Street Bridge Song (Feelin’ Groovy)”, de “Scarborough Fair/Canticle” a “El Cóndor Pasa”, Simon & Garfunkel –con el primero como compositor y cerebro, y el segundo como voz prístina y alma del dúo– lograron canciones importantes, con letras lo mismo íntimas y recónditas que combativas y críticas, que se clavaron con contundencia en el canon de la era de las canciones.

Pero Bookends, lanzado el 3 de abril de 2018, es (con permiso y con perdón) su mejor trabajo. El más logrado y significativo. El más críptico y visionario, también. Producido por Simon, Garfunkel y, en distintas sesiones, por John Simon y Roy Halee, salió bajo el sello Columbia Records (sello sinónimo de folk-rock y su mundillo) y fue grabado en lapsos entre el otoño de 1966 y el invierno de 1968. En los 60, los actos fichados acostumbraban, por contrato y costumbre, editar al menos un disco –si no es que dos, o hasta tres– por año. Pero al dúo, y sobre todo a Paul Simon, este hábito le importaba poquísimo. Obsesionado con algo que él llamaba integridad artística, le interesaba muy poco el formato radio AM, los singles y las listas pop. Por eso se tomó su tiempo para ir confeccionando canciones que, decía entonces, reflejarían su realidad y la de su entorno.

A Columbia esto no le hacía mucha gracia, por supuesto. Pero, tras algunas disputas, el asunto pudo resolverse gracias a la injerencia de un agente externo: Mike Nichols. El flamante director de cine, que arrastraba una excelente reputación después de una sólida y multipremiada carrera en Broadway y un impresionante debut en Hollywood con Who’s Afraid of Virginia Woolf?, necesitaba de las canciones de Simon & Garfunkel para su nuevo film. Argumentaba que escuchaba sus discos sin parar, por lo que se concertó una reunión con Paul Simon. Este, poco impresionado con todo el asunto, le mostró algunas canciones aún no terminadas (contrario a la petición del cineasta de usar tracks ya grabados), entre ellas, una acidulada crítica social titulada “Mrs. Robinson”. Nichols saltó de su asiento: la protagonista de su cinta se llamaba justamente así. Tras varios dimes, diretes, tejemanejes y negociaciones, el trato se cerró y Simon & Garfunkel grabaron algunos temas nuevos y cedieron algunos viejos para el soundtrack de El graduado, la película en cuestión. La historia ya la sabemos: un éxito arrollador, un pequeño gran hito pop.

Y, paradójicamente, ceder y perder un poco de integridad artística fue lo que permitió que Paul Simon completara la primer gran obra maestra de su carrera: Bookends.

3
Almost Famous de Cameron Crowe es cosa buena. Es la comfort food de los cinéfilos pop. Aún guardo el boleto de cine de aquella tarde en que la vi por primera vez, en 2000 o 2001. Pero el caso aquí está en una escena, casi al inicio. Anita Miller (Zooey Deschanel, you know) discute con mamá Elaine Miller (Frances MacDormand, YOU KNOW) porque ha llegado tarde y sospechosa; además, esconde algo debajo del abrigo. Todos conocemos más o menos el diálogo. Del guion de la película:

Anita is stunned silent. She turns slightly to look at herself in a hall mirror, searching for clues, implicating herself immediately.

ELAINE
And what have you got under your coat?

This is the booty Anita didn’t want to give up. Mom picks at the corner of an album cover now visible under her jacket. She withdraws the album. It’s Simon and Garfunkel’s Bookends.

ANITA
(busted)
It’s unfair that we can’t listen to our music!

ELAINE
(weary of the issue)
Honey, it’s all about drugs and promiscuous sex.

ANITA
Simon and Garfunkel is poetry!

ELAINE
Yes it’s poetry. It’s the poetry of drugs and promiscuous sex. Look at the picture on the cover…

CLOSE ON BOOKENDS ALBUM COVER

Mom’s fingers at the edges. We examine the insolent faces on Richard Avedon’s classic album cover. Even Simon and Garfunkel look guilty under her scholarly inspection.

ELAINE (cont’d)
… honey, they’re on pot.

Y, claro, después sigue una de esas escenas tremendas, bonitas, cineras:

Dicho.

4
Bookends es un disco en dos partes. El lado A es un song cycle que abre con “Bookends Theme”, en acústico, instrumental. Es como una secuencia de créditos de una película algo bucólica, muy evocativa, nostálgica, que se rompe con una cacofonía de sonido en “Save the Life of My Child”, la historia de un joven suicida en Nueva York. La canción no solo establece una temática para la narrativa del LP (la juventud, la pérdida de la inocencia, la desilusión, la ciudad), también da un paso técnico adelante: la tonada, más o menos típica de Simon & Garfunkel, es realzada por experimentos con sintetizadores Moog –supervisados por Robert Moog en persona–, segmentos de ruido con fragmentos de distintas cintas (entre ellas, suena “The Sounds of Silence”) y algunos arreglos de cuerda en plan vanguardia. El folk y el rock estaban en transformación, en la búsqueda de lo nuevo… y tal vez esto se encontraba al mirar atrás.

Porque Bookends es un disco muy 1968, en el sentido de que la psicodelia y el color se abandonan en favor de los sonidos acústicos, la introspección y el cuestionamiento, en plena resaca lisérgica, de todo lo pasado el año anterior. “America”, el tercer track, es un momento pop álgido y sublime. Simon narra en primera persona la soledad de sus giras, sus observaciones sobre un país crispado y su obsesión (quizás malsana) por el frenetismo y el dinero; el pretexto es una historia de dos amantes que se proponen unir sus fortunas y se trepan a un Greyhound Bus para ver país. Le sigue “Overs”, amarga y algo jazzy, una canción caprichosa casi en verso libre sobre rompimientos, sobre rehacerse, sobre el amor y la costumbre (“we’re just a habit, like saccharine”).

“Voices of Old People” es un momento extraño en el disco. No es una canción, sino un collage sonoro –como un precedente de Revolution 9, pero sin la agresión, lleno de empatía– de grabaciones que hizo Art Garfunkel. Pasó días visitando asilos, en específico la United Home for Aged Hebrews y la California Home for the Aged at Reseda, entrevistando ancianos que le mostraban fotografías que atesoraban, le hablaron sobre las condiciones de vida y sus recuerdos, y le confiaron cuestiones de sus dolencias y enfermedades. Es lógico que el disco siga con “Old Friends”, una maravilla en menores y mayores séptimas (una constante en Bookends) sobre la añoranza y la pérdida. La imagen son dos amigos ancianos que se sientan en una banca en el parque como reposalibros, bookends; la canción es desestructurada, como una conversación, que regresa a su centro sólo con los acordes del inicio y un aparente estribillo que, igual, se disuelve en frases y fraseos distintos. Una gigantesca orquesta (con xilófonos como instrumentos destacados) conducida por Jimmie Haskell hacen que el tema sea gigantesco.

“Bookends Theme”, con letra, cierra este song cycle de la cara A con resignación y morriña. Es la síntesis perfecta de todos los temas en el disco: “Preserve your memories / They’re all that’s left you”, cierra la canción, brevísima, concisa, preciosa.

5
La portada, de Richard Avedon, es icónica hasta decir basta. Describirla es tarea inútil, es mejor verla (con el disco que suena no tan al fondo, claro). Es un contraste completo con la vorágine monocromática de 1967, con el optimismo de Monterey Pop, donde Simon & Garfunkel dieron un recital exquisito, incrustándose tal vez para siempre en el canon pop. Es una portada con ojos de hashish (no andaba muy alejada Elaine Miller), desayuno y cena de Paul Simon con la disculpa de que estimulaba su creatividad, justo cuando las drogas comenzaban a destrozar mitos. Es una declaración visual acerca de los tiempos que alcanzaría su pináculo en el completo vacío monocromo del álbum blanco de los Beatles en noviembre de 1968. Porque el año 8 no iba a ser vivaz, de ningún modo. El año 8 iba a ser en blanco y negro, pero no como el de las viejas películas, sino como si todo hubiese perdido su tono, como si una gran violencia fuese a conquistarlo todo.

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Octubre, el año siguiente al 11-S, Nueva York. Un menda joven, repleto de preguntas, desconcertado, pero con ansias de color y mundo, vaga por sus calles como si no hubiese otra cosa en el planeta. No la hay. The only living boy. Y una tarde, en el metro, un músico con pelo cortísimo y suéter negro con cuello de tortuga, guitarra acústica colgada del cuello, se puso a tocar “Mrs. Robinson”. El tren se fue, pero ya habría otro.

7
El lado B ha sido descrito por Paul Simon, en uno de sus acostumbrados arrebatos, como una colección de canciones de desecho, recuperadas. Pues ya quisiera cualquier compositor tener eso en su cesto de basura, porque todas son gigantescas. El song cycle se rompe, pero sigue una secuencia de temas que ya no son parte de la narración, aunque sí de la atmósfera, del mood, de la esencia del disco.

Fakin’ It” había sido lanzada como single en 1967, con un éxito mínimo. Sónicamente, creo, se emparenta con discos como Forever Changes de Love: lisergia observacional con arreos de guitarra acústica y orquesta. Se dice que tiene que ver con la muy cuarteada relación entre Paul Simon y Art Garfunkel. Para que el sencillo fuese tocado en estaciones AM, cuya política era transmitir canciones de menos de tres minutos, se etiquetó con una duración de 2:74.

Sigue “Punky’s Dilemma”, con una de las letras más retozonas de Simon: palabras de desayuno para criticar a la sociedad. O algo así. De nuevo la melodía se sostiene de acordes con séptimas menores y mayores y es, al menos en apariencia, muy upbeat y brillante, con silbidos y todo el carnaval. Tan solo para grabarla se invirtieron alrededor de 50 horas estudio, en lo que la periodista Morgan Ames (de la revista High Fidelity) describió en 1967 en dos frases que publicó: “Time passes. Too much time”.

“Mrs. Robinson” no necesita presentación. Es un hit mayúsculo a pesar de ser una canción inacabada con montones de doo-doo-doos por aquí y por allá (a Mike Nichols le urgía que se grabase la canción para El graduado) e incluso algún “coo-coo-ca-choo” que referencia, claro, a “I Am The Walrus”. La letra, un comentario social mordaz y socarrón, menciona de paso a Joe DiMaggio y no tan de paso un montón de costumbres clasemedieras: el sueño americano y su abrupto despertar.

Quizás el momento más rock de Simon & Garfunkel es “A Hazy Shade of Winter”, escrita en 1965 durante el autoexilio de Paul Simon en Inglaterra (“manuscripts of unpublished rhyme”), grabada en 1966, pero lanzada hasta Bookends. Es centelleante y sobresaliente, otro hit, como lo comprobarían las Bangles, que lograron llegar al no. 2 de las listas con una versión en 1987. El disco, en su edición original, cierra con “At the Zoo”, mitad orwelliana (cebras reaccionarias, monos honestos, orangutanes escépticos, palomas complotistas, antílopes misionarios) y mitad cuento de niños, pero también una canción sobre Nueva York. Había salido como single en 1967 y es una tonada folkie, sencilla y campechana, pero con trasfondo: es Paul Simon de quien hablamos aquí.

Bookends dura 29 minutos. No necesita más.

O tal vez sí. La reedición 2001 en CD de Columbia Legacy, si me permiten, es una mejora al álbum. Con el añadido de “You Don’t Know Where Your Interest Lies” y un demo de “Old Friends” al final, el ciclo de canciones crece unos centímetros más. Y si ya había tocado el cielo llega, como en aquella imagen de Georgia O’Keefe, a más allá de las nubes.

8
Bookends, decíamos, llegó a las tiendas el 3 de abril de 1968, el día del discurso I’ve been to the mountaintop. Veinticuatro horas después, un innombrable disparó a Martin Luther King en Memphis, cuando estaba en el balcón del Motel Lorraine.

Paul Simon no estaba equivocado: eran tiempos de locura, enfermedad y tragedia. El LP sirvió como consuelo a muchísima gente que lo compró por decenas de miles en las siguientes semanas.

En 2016, Bernie Sanders uso “America” como tema en su campaña, con permiso de Paul Simon y de Art Garfunkel. Los tiempos no han cambiado mucho o, si lo hicieron en algún momento, el ciclo ha llegado a su punto bajo de nuevo. Queda esperar –y trabajar– por un lo que vendrá no sólo menos oscuro, sino más brillante.

9
Ay, la juventud. Ay, su brevedad. Bookends ya es viejo, cumple 50 años. Estuvo siete semanas no consecutivas como álbum número 1 en las listas, pero eso no es garantía de trascendencia. Para sus canciones, eso sí, el tiempo parece no haber pasado. Todo ese trabajo en el estudio B (y a veces en el E) de Columbia, en Manhattan, tuvo su recompensa. Esas exhaustivas horas de regrabar voces nota por nota, de pedir a esas violas que estuvieran perfectamente desafinadas, de buscar hasta lograr la manera correcta de rascar un acorde o dos, no se perderán en el tiempo. En parte, porque canciones así son necesarias en tiempos difíciles, como ahora. En parte, porque canciones así son necesarias hasta en las buenas épocas.

10
Octubre, el año siguiente al 11-S, Nueva York. Un menda joven, repleto de preguntas, desconcertado, pero con ansias de color y mundo, vaga por sus calles como si no hubiese otra cosa en el planeta. No la hay. The only living boy. Y una tarde, temprano, en Washington Square, se encontró con un mercadillo de libros y discos y baratijas varias. Y ahí, en una caja de cartón cuyas paredes casi cedían al peso de los discos que contenía, se encontró con el soundtrack de El graduado. Dos dólares. Y, más adelante, en otra caja, esta de madera, con un disco compacto con la cubierta de plástico toda raspada, pero con la portada en papel impecable, de Bookends. Un dólar.

Nuestro pequeño imbécil tenía muy poca idea acerca de casi todo. Pero, tras ver un espectáculo callejero, salió de Washington Square con sus discos en la mano. Abrió su Discman, puso el cedé, y caminó. Y, entonces, empezó su verdadero viaje.

C/S.

-Esteban Cisneros

Plural: 2 Comentarios Añadir valoración

  1. Armando Navarro dice:

    excelente articulo de unos de los grandes iconos de la cultura musical, con sus grandes voces celestiales.

  2. Mónica Alcaraz dice:

    Bien bonito, gracias por compartir.

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