Forever Young: la otra literatura de Dylan

La posibilidad de que Bob Dylan ganase el Premio Nobel de Literatura, cosa que sucedió en octubre de 2016, se barajaba desde tal vez quince años antes. Debo decir que, aunque no la venía venir, la decisión de la Academia Sueca no me sorprendió.

Me gustó el galardón, me gustó el ruido que se hizo alrededor de la noticia y fue un gran pretexto para revisitar (como hizo Dylan con la carretera 61) su obra, con la que poco a poco me fui reconciliando en los últimos años tras un distanciamiento importante; crecí con él, me enamoré con Blonde On Blonde, me desenamoré con Blood On The Tracks, y así, pero llegó un momento en que tuve que sacarlo de mi sistema. Me convertí en alérgico a su voz de borrego con gripe y sus canciones palabreras, a sus tics  que antes me parecían no sólo geniales sino casi míos y a su mitología mitómana. Por suerte, gracias a un reencuentro fortuito con Planet Waves volví a darle una oportunidad al viejo de Duluth. En específico, por una canción. Más sobre esto adelante.

Decía que he revisitado su obra: readquirí discos que había vendido o intercambiado, volví a tocar los que había conservado; vi de nuevo (no con el mismo gusto, pero con un punto de vista menos amargo) Don’t Look Back Eat The Document de D.A. Pennebaker, No Direction Home de Scorsese y I’m Not There de Todd Haynes; leí una vez más El blues de la nostalgia subterránea de Jaime Pontones (que me regaló mi amigo Héctor) y, sobre todo, volví a ese magnífico libro que encontré en una feria hace algunos años y que, a la fecha, es uno de mis favoritos de siempre: Forever Young (editado en español en 2009 por Blume.)

Forever Young by Paul Rogers

El libro en cuestión es una maravilla: es sólo la letra de “Forever Young” de Dylan (justo la canción de Planet Waves, 1974, que me regresó al camino) ilustrada por Paul Rogers. En apenas unas decenas de páginas, ambos logran un libro entrañable tan universal como las letras del ahora poet laureate con Nobel en el bolsillo: cabría perfectamente en la estantería de niños en una librería lo mismo que en la sección de poesía, de cómic o de música. Paul Rogers logra, a partir del maravilloso tema que Dylan le escribió a su entonces pequeño hijo Jakob (sí, ese Jakob), contar una historia acerca de crecer, de mantenerse siempre con las manos ocupadas, del viejo stay gold en un mundo gris y mediocre, de hacer lo correcto y mantenerse fiel a uno mismo. Justo de lo que habla la canción (por cierto, la versión demo que aparece en Biograph de 1985 es, por mucho, mi favorita, muy por encima de la versión original.)

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Ilustrado con maestría en un estilo mid-century, el libro contiene cientos de referencias al universo Dylan y a la (contra)cultura de los años 60: la lucha por los derechos civiles, el folk y Greenwich Village (por ahí aparecen carteles y discos de Dave Van Ronk, Odetta, Harry Belafonte), el Cafe Wah?, las motocicletas Triumph, el Festival de Folk de Newport, Joan Baez, Allen Ginsberg, los Beatles y Luther King; además, hay guiños a las influencias y héroes del flamante Nobel como Woody Guthrie, James Dean o Blind Willie McTell. Por si fuese poco, hay numerosas alusiones a sus canciones y su carrera, por lo que vemos gatos siameses, marineros en un salón de belleza, panderetas, sombreros de piel de leopardo, una tienda de instrumentos llamada Maggie’s, así como un corazón dibujado en la corteza de un árbol que dice “Renaldo y Clara” y montones de rincones emblemáticos de la Norteamérica que Dylan, como su precursor Kerouac, dejó escrita en bronce en sus letras aunque fuese una idea utópica e idealizada.

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Hay quien, ceja alzada, sigue discutiendo que Dylan no hace literatura. Dejadlos, aunque en este libro hay un argumento en contra muy poderoso y muy bonito. Es una muestra de que, como dice mi amigo Ulises, la literatura siempre ha soñado con ser música y que el pop importa precisamente por ser lo contrario que la pretendida alta cultura: aspira a ser para todos, al menos para quien se deje. Forever Young es, como la canción en la que se basa, un permanente recordatorio para no perderse del camino a pesar de haber tomado atajos o desviaciones; es pura inspiración, vaya.

Los premios son un accesorio, una arbitrariedad. Pero ayudan a poner ciertas cosas en perspectiva. Aún recuerdo aquella noche de marzo de 2001 en que, viendo la transmisión de los Oscar, se anunció a Bob Dylan como ganador a mejor canción (por “Things Have Changed” de la maravillosa y favorita personal Wonder Boys de Curtis Hanson basada en la novela de Michael Chabon.) Me reí y pensé: a este sólo le hace falta un Nobel. Eran las épocas en que Bringing It All Back Home sonaba una y otra vez en mi vieja habitación, lo mismo que el Mr. Tambourine Man de los Byrds y el Basement Tapes de The Band. El premio sueco ya llegó y, mira, ha levantado polvo. Qué bueno.

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El rock no se ha muerto porque sigue, bajita la mano, jodiéndole la vida al establishment. Things have changed.

Ojalá se conserve por siempre joven. Por siempre joven. Et caetera.

C/S.

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