Gene Wilder: honor al apellido

Una carcajada. Grande. Liberadora. Catártica. Recuperadora. Frente a una pantalla de cine. Así termina Sullivan’s Travels (Preston Sturges, 1941), como una revelación: la risa es algo más, importa. La escena es más o menos replicada en Hannah y sus hermanas  (Woody Allen, 1986), cuando el personaje suicida interpretado por el director se mete a un cine y se ríe con Sopa de pato  (Leo McCarey, 1933) con los hermanos Marx; de pronto, quiere vivir de nuevo: a pesar del caos y la mierda del mundo hay un poco de sentido en unas inteligentísimas tonterías que quedaron plasmadas en celuloide para la posteridad. La comedia es una cosa muy seria, sobre todo cuando se hace bien.

A mí me consta. En las peores horas he encontrado asomos de sentido y gallardía en los hermanos Marx, en Woody Allen, en Mel Brooks, en Chaplin. En Gene Wilder, ese mentecato formidable.

Si me he salvado del frenópata en tal vez un par de ocasiones -o más- fue gracias al Dr. Fronkonsteen (aunque todos sabemos que no se pronuncia así), al pervertido Doctor Ross (tal vez sólo quería amor, comprensión y ternura), a Leo Bloom (ese contador zote y tembleque, aunque de mente aguda y corrupta), al Waco Kid, a Willy Wonka. Todos personajes neuróticos, exagerados, hipocondriacos y permanentemente conflictuados; todos interpretados con maestría y conocimiento de causa por Jerome Silberman, quien comenzó a actuar a los ocho años para hacer reír a su madre aquejada por la fiebre reumática, y al que todos conocemos como Gene Wilder.

Nació en Wisconsin en 1933 y comenzó su carrera en el teatro desde muy joven, huyendo de una adolescencia de mierda. La práctica lo convirtió en un as del esgrima; la ley lo obligó a enlistarse en el ejército. Entretanto, aprendió la técnica en el Old Vic de Bristol (la escuela fundada por Laurence Olivier) y en el estudio de Herbert Berghof (de donde también salieron Anne Bancroft, Robert De Niro, Jerry Stiller, F. Murray Abraham, Al Pacino, Geraldine Page y una larga letanía de A-listers.) También actuó para el programa de televisión Armstrong Circle Theatre –por donde pasaron otras lumbreras como Peter Falk, John Cassavetes y Walter Matthau- antes de ser aceptado en el bienquisto Actor’s Studio en Nueva York. Como consecuencia, empezó a aparecer en obras off-Broadway; fue ahí que le descubrió Mel Brooks, quien ya trabajaba en el guion de una comedia rompedora que iba sobre productores teatrales desesperados, contadores corruptos y nazis.

Hizo su debut en pantalla grande como un rehén en Bonnie and Clyde (Arthur Penn, 1967) aunque ya había aparecido en una adaptación televisiva del clásico de Arthur Miller, La muerte de un viajante (Alex Segal, 1966.) Pero cuando Mel Brooks logró llevar al cine The Producers , como terminó por llamarse la película aquella, la cosa explotó. El musical, estrenado en 1968, dejó indiferentes a muy pocos y la crítica se polarizó, como sucede cuando algo casca la tradición.

A partir de entonces, Gene Wilder hizo honor a su apellido postizo: sus interpretaciones eran cada vez más salvajes. Se empelucó en Start the Revolution Without Me!  (Bud Yorkin, 1970), se enamoró de Margot Kidder en Quackser Fortune Has a Cousin in the Bronx (Waris Hussein, 1970) y se consagró como el personaje titular de Willy Wonka and the Chocolate Factory (Mel Stuart, 1971.) Aquí hay que aclarar algo: Gene Wilder era Willy Wonka. Todos los demás sólo han jugado a serlo. He dicho.

De genio es su papel de Doctor Ross en Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar (Woody Allen, 1972), un médico que se enamora perdidamente de una oveja. Volvió a trabajar con Zero Mostel en Rhinoceros (Tom O’Horgan, 1974), basada en una obra absurdista de Eugene Ionesco.

Ese año fue tremendo: apareció como el zorro en la versión musical de El Principito (Stanley Donen, 1974; la primera película en que lo vi, siendo yo un crío) y en dos películas clásicas de Mel Brooks que conjugaban todo lo que hizo grande al comediante de Brooklyn: humor absurdo, guarro y políticamente incorrecto, slapstick, dobles sentidos, nulo interés (¿o respeto?) por la alta cultura y todo tipo de excesos desde la producción y hasta las desorbitadas actuaciones. Los filmes en cuestión son la parodia western Blazzing Saddles Young Frankenstein, esa maldita obra maestra.

Aquí me detengo un poco para recordar, sombrero en mano (¡ja, cómo no!) que esta es una de mis películas “sopa de pato.” Es decir, de esas (que son contadas con los dedos de las manos) que me salvaron de la colisión inmimente, del colapso asegurado. Y es que todo (y digo todo) está bien en esa película. Quien la conoce me entiende y quien no, ¿qué hace aquí? A verla.

Wilder debutó como director en The Adventure of Sherlock Holmes’ Smarter Brother (1975) con Marty Feldman y Madeline Kahn, reivindicando el personaje de Mycroft Holmes. Y no lo hizo mal. Al año siguiente comenzó una colaboración en pantalla con Richard Pryor que marcaría una gran etapa de su carrera. Silver Streak (Arthur Hiller, 1976) tomó por asalto las carteleras de manera arriesgada: Wilder hacía un blackface, pero la figura de Pryor de alguna manera dio validez al asunto (si es que puede decirse así); en Stir Crazy (1980) fueron dirigidos por Sidney Poitier, confirmando que el dúo funcionaba. Con todo, See No Evil, Hear No Evil (Arthur Hiller, 1989) fue mucho menos exitosa; lo mismo sucedió con Another You (Maurice Williams, 1991) que pasó de noche por los cines.

Poitier lo dirigió también en Hanky Panky (1982), surgida de una idea de Wilder y Pryor; en el set, nuestro héroe conoció a Gilda Radner, con quien se casó al poco tiempo (tras dos matrimonios fallidos anteriores.) Hizo de rabino en un improbable western al lado de Harrison Ford, The Frisco Kid (Robert Aldrich, 1979) y actuó en varias series para la televisión a finales de los años 90.

Gene Wilder nunca abandonó del todo su faceta de director. Aunque The World’s Greatest Lover (1977), en la que homenajeaba a -al mismo tiempo que se pitorreaba de- Rudolph Valentino, fue un fracaso, se repuso con The Woman In Red (1984) que incluye esa escena de Kelly LeBrock y que regaló al mundo esa (ejem) “obra maestra” de Stevie Wonder, I Just Called to Say I Love You (ya conocen el chiste.) Haunted Honeymoon (1986) fue un pequeño bodrio, pero también la última película con Gilda Radner, quien murió tres años después.

Nuestro héroe retiró en 1999 tras un diagnóstico de linfoma, al que sobrevivió. Escribió una autobiografía y tres novelas, además de un libro de cuentos, pintó un montón de cuadros y se adhirió a montones de causas filantrópicas. Pero poco se compara con el alcance de sus mejores comedias: era un tipo que sabía hacer reír a partir de sus propias manías y neurosis. Sus personajes eran como él: tipos extraordinarios atrapados en lo ordinario, que pataleaban para sobrevivir y no importaba si era en el trasero de alguien más. Gene Wilder entendía que el mundo era una mierda pero sabía que una carcajada podía ser siempre La Próxima Cosa Grande. Quería a su público, a quien regaló actuaciones increíbles que lo mismo eran puro y simple humor físico que intrincados juegos de palabras: pura fibra y pura neurona.

Hoy ha muerto Gene Wilder, tras varios años de padecer Alzheimer. La noticia se esparció hace unas horas. En un año aciago y tormentoso, se ha ido otro de esos que hicieron que el siglo XX fuese el del cine y la música, el del pop y del color; de otro modo, sólo tendríamos destrucción y depresión, holocaustos y vergüenzas.

Gene Wilder, ese actor renegado, agreste, alienado, incorrecto, contribuyó a salvarme la vida y no sé a cuántas otras personas, a veces de manera literal. Sólo por eso ha lugar para un pequeño homenaje escrito frente a una ventana que da a una vista lluviosa y plomiza. Vaya que estos días han sido duros, por cosas que no vienen al caso. Y no vienen al caso precisamente porque de fondo, en una vieja pantalla, se reproduce un gastado cassette VHS de Willy Wonka. Porque hoy prefiero reírme. Mi tiempo aquí se va a acabar en algún momento. Más vale pasarlo bien. O intentarlo, al menos.

Porque la risa y el placer son algo más. Son importantes.

Y hay mentecatos formidables que lo saben y, por suerte, dejan un legado en forma de película, de libro, de canción, de chiste. Gene Wilder lo hizo todo.

C/S.

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