Juan Gabriel

Daniel Salinas Supe de la existencia Juan Gabriel cuando, de apenas 5 o 6 años de edad, mi madre me animaba para cantar con ella “Déjame vivir”, la canción que el Divo de Juárez interpretaba con Rocío Dúrcal. Jamás pude con la parte de “nada, nada, nada” porque, además de ser una repetición bastante rápida, me provocaba mucha risa.

Aunque jamás seguí su trabajo con dedicación, siempre me enteré de las canciones que creaba porque mi mamá es amante de la muisca popular y mi abuela paterna resultó ser hardcore fan de Juanga.

Para mí, Juan Gabriel es de esos fenómenos como Vicente Fernández  y El Grupo Antes Conocido Como Bronco: Sin importar cuál sea tu género musical de preferencia, tu estrato socioeconómico o el Estado en el que radicas, por lo menos conoces varias de sus canciones. Igual hasta te sabes una de memoria. Y la has cantado en el karaoke. O en una peda.

Ulises Guzmán 

No todos tenemos que ser revolucionarios. No todos los grandes talentos transforman al mundo. Pensemos en KFC. Hacen una sola cosa y la hacen mejor que cualquiera. No siempre estamos de humor para comer pollo grasoso, pero cuando es lo que queremos, puede ser glorioso. No pretendo comparar la música de Juan Gabriel con comida rápida, sino con algo que nos da confort cuando lo necesitamos. No me gusta Juan Gabriel, no conozco ninguna canción que me guste al 100%. Sin embargo, las conozco. Muchas. Y algunas son infecciosas, porque el tipo era un genio para crear melodías.

Pocas canciones me resultan tan difíciles de sacar de mi cabeza como Déjame Vivir. Es fabulosa la cantidad de ganchos que tiene en su progresión melódica. Se las arregla para ser balada, canción ranchera, pieza bailable y éxito pop ochentero. Esa mezcla exagerada hace que funcione, porque eso es México. La educación sentimental de este país reside en el melodrama. Reír, llorar, gozar y sufrir al extremo en una sola canción por las cosas más estúpidas, ese es nuestro deporte nacional y nuestra música lo representa.

Rara vez conecto con los temas de la música pop en México, todo es amor y desamor y una extraña fijación enfermiza con los folclorismos y con generar un sonido “mexicano”. Para mí, eso no funciona y por eso Juan Gabriel me parece un potencial desperdiciado, un maravilloso talento limitado por los géneros en los que trabajo y por su público. No obstante se las arregló para tener una obra inmensa y muchas canciones pop monumentales con las que dio a México muchos lugares de confort en los que se puede resguardar el corazón de muchas personas.

 

Alex Serna En mi niñez, mi tío favorito, quien jamás me quiso heredar sus gustos, tenía una colección obscena de elepés de Rocío Dúrcal y una un tanto grosera de Juan Gabriel. El domingo, era su estéreo y sus reglas. Entre las 280 canciones de Celia Cruz (ese catálogo no era obsceno, era blasfemo), se mezclaron decenas de temas de Juan Gabriel.

Estoy en la primaria. Estoy en la secundaria. Estoy en la prepa y no falta el pobre rechoncho de ademanes delicados a quien, inevitablemente, llaman “el Juangabriel” (así, todo junto), aunque en la niñez casi siempre era “el Juangrabiel”. También los maestros le entraban al bullying “A ver, cántate ‘Querida’, Juanga”. Y entonces los acosadores se soltaban a jotear sin inhibiciones. Nunca supe qué pasó con los Juangabrieles de mi generación, pero siendo honestos, tampoco sé mucho de los atormentadores.

El año es 199X (sí, como en Megaman) y tengo el corazón en un baño de vinagre de manzana, azúcar caramelizada y cebolla. Estoy enamorado. Muy enamorado. Enamorado tamaño: me puedo ver esparciendo mi código genético con esta chica.

O sea, sí, así, pero no así. Pervertidos.

Ella también tiene el corazón en una reducción de vino, caldo de pollo, puré de tomate y jugo… pero por alguien más. Vivimos en una especie de cuadrado emocional: a mí me quiere alguien, yo la quiero a ella, ella lo quiere a él. Seguramente alguien más quiere a quien me quiere a mí. Todo el asunto está condenado desde el principio, pero nadie deja a nadie y todos tenemos, seguro, dos relaciones al mismo tiempo.

La mujer con quien veo un futuro (en realidad lo veo con las dos, pero eso es parte de otra enfermedad mental) tiene gustos que no van exactamente con los míos. Un día, se pone a cantar La Diferencia y yo pongo la misma cara de idiota que pongo cada vez que sale una canción de su bendito tórax. Por un segundo, nos vemos a los ojos y sabemos que está describiendo nuestras situaciones: ella no me ama, pero let’s fuck y él no la ama, pero let’s fuck.

Canto con ella y escucho esa misma canción dos semanas después, mientras me pongo la única borrachera real en esa era y la única por “alguien”. Y si alguien, cualquiera, puede conectar contigo a través de una canción, gulp, eminentemente ranchera a pesar de tus gustos pseudoangloexclusivospop, entonces ¿qué daño puedes hacerte con quererle?

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