Luis Miguel, lo que nos gusta, los haters y “dejar disfrutar”

Esta semana y en realidad cada semana que ha aparecido un nuevo episodio, Luis Miguel (la serie, que no la persona) ha causado un fenómeno muy curioso. Lo platicamos durante Mongo 18, cuando Ulises y yo nos dimos cuenta de que sabíamos más cosas de las que suponíamos acerca de Luis Miguel (la persona, no la serie) y que nos la estábamos pasando bien. Lo que sucede cada domingo nos llama la atención porque no considerábamos que el cantante fuera los suficientemente popular en esta era como para atraer a personas de menos de 40, pero nos equivocamos.

Los lunes por la mañana es Mickyland en redes sociales. Memes, canciones, fotos de los 80, teorías de conspiración, spoilers (de una historia de hace tres décadas, salida de libros y TVyNovelas) y maldiciones para Luisito Rey, Mariana Yazbek o Alejandro González Iñárritu. Fact checkers aficionados que recopilan información y la comparan con el capítulo semanal y, de manera inevitable, gente que ooooooodia, goei, que sigaaaaan hablaaaaando, goei, de #LuisMiguel y #LuisRey y #Negronzalez. “Me vale #ElSol”. “No me interesa ver esa serie de @NetflixLA con #DiegoBoneta en donde cantan #CulpableoNo. Eso sí, todo con hashtags porque el que se mueve, no sale en el trending topic.

¡Lapiduuuuus!

No culpo ni condeno a las personas a las que arrobalescagaluismiguel. De verdad. Un vistazo a mi Timehop me recuerda que hace unos diez años yo estaba exactamente en el mismo lugar, pero con todo. Me hashtagcagabaLost, me hashtagcagabaJulietaVenegas y me hastagcagabaesamusicahorriblellamadareguetón. Hace menos, aprovechaba cualquier momento para lanzar veneno contra Game of Thrones y básicamente cualquier cosa que le gustara a más de 150 contactos. Usuarios. Amigos. Y la razón era sencilla:

Era sumamente infeliz.

No me iba mal en el trabajo. Bueno, sí, pero no por las razones comunes. Me gustaba lo que hacía, me gustaban los resultados, mi tiempo libre se dividía entre videojuegos, series y otras cosas. Pero no era feliz. Con el tiempo y después de esa etapa, supe que lo que pasaba era que a pesar de hacer las cosas que me gustaban, en el plano personal le di preferencia a los aspectos más bullies, más molestos, más recalcitrantes y pinches de mi personalidad. Jodía por joder, pues. Añadan una buena dosis de depresión y ansiedad y es un cóctel de ginebra con gasolina y popó.

Supe, también, que las cosas que “me cagaban” en realidad no conocía. No todas terminaron en mi álbum de estampitas, pero las que se quedaron siguen ahí. Y que mi constante mecagaísmo era simplemente mi deseo de platicar con alguien más. Que mis incendiarios tweets y estatus de Facebook eran el equivalente de jalarle las trenzas a las niñas en el patio de la escuela, pero con la audiencia que cada uno cultiva en sus redes. No digo que sea el caso de todos, pero me parece que es lo que está sucediendo con Luis Miguel (otra vez la serie, no el sole mío). El veneno con hashtag me suena más a un “quiero que me incluyan” y un “quiero que me inviten” que a un “lo odio de verdad”, porque si odias algo tanto ¿por qué no lo mencionaste jamás antes de que se estrenara un programa al respecto?

Y entonces, empiezan a aparecer las quejas en contra de las quejas, representadas todas por la siguiente imagen.

“Silencio. Deja que la gente disfrute las cosas”. Suena a una buena idea ¿no? Una justa exigencia.

No. Ja. No. Claro que no. Es una pataleta, tanto como lo son los tuits de odio a la serie en turno, la nueva canción o la película veraniega de estreno. Es una validación sin méritos del mismo comportamiento que está criticando, pues supone que de verdad las “cosas” pierden su encanto si un grupo de gente expresa su disgusto por ellas. Es como sentarse a comer una hamburguesa rodeado de veganos. Sí, pueden quejarse sonoramente del destino de Clarabella en el Bimbollo, pero a menos de que te arranquen el sándwich de las manos o derramen sus lágrimas sobre ello, no perderá su delicioso sabor a cátsup, cebolla y carne. A menos de que te pongan gáfer en la boca, seguirás masticando la combinación de res con puerco y queso amarillo. Y no pasa nada. Con la serie es igual: es de brittle spirits (Chapelle dixit), de niños llorones el esperar que nadie diga nada en contra de lo que nos gusta. Que todos lleguen a la fiesta y mueran de emoción con el payaso que hace matemagia o con los sándwiches de pepino. Que todos le peguen a la piñata del oscuro personaje de anime y amen/mamen los dulces orgánicos de nopal con los que está llena. Que nadie se queje, todos se terminen el pastel, todos lleven regalo, nadie se tire un pedo.

Argh.

No. El mundo no funciona así. Nadie está obligado a compartir tus hobbies. Tampoco es de valor curricular el no hablar mal de ello. No está en la Constitución o en la Biblia que quienes quieren vomitar sobre los gustos de algunos o de muchos, tengan que quedarse callados y todo deba ser unicornios y rositasfresitas en sus timelines. No es que “esté bien” el que hashtagodientodo, pero es su cuenta y ellos la mantienen. Es su perro y ellos lo bañan ¿Las quejas harán que dejes ese videojuego? No ¿Cancelarás tu suscripción a Netflix o a Prime Video? No ¿Seguirás esperando con ansia el capítulo en el que le corten la peluca a Boneta cuando hagan la parodia recreación de La Incondicional? Sí ¿Te vas a comer esas Saboritas? Hell, sí,

Tal vez el problema es que todavía no dejamos ir el concepto del guilty pleasure. Del placer culpígeno. Del me gusta, pero que lo sepan me asusta. Cuando éramos adolescentes, los chicos cool no escuchaban a Luis Miguel, nonononono. Bueno, sí, pero no lo decían. Ni madres que se enteraran en la prepa que pusiste una de sus canciones en el mix para la novia. Porque Luis Miguel es para nacos. Para gente que no sabe inglés. Para ñoras muy ñoriles del naranjo toronjil. Y, aún así, puedes tararear más de tres canciones, te sabes alguna coreografía y, mamá,  prendes la smart tele, porque va a salir El Sol. Porque todavía somos adolescentes ridículos que dicen que prefieren los cómics de cierta editorial diminuta a los de DC o Marvel, porque son menos conocidos. Son oscuros, goei. Y muy a pesar de que los personajes de esos títulos tan exclusivos e inaccesibles… son copias de los héroes más conocidos. Nos da terror que el de enfrente nos haga burla porque usamos calzones de Fruit of the Loom en lugar de Victoria’s Secret. La presión social de que nuestra camiseta sea imitación FUBU es aplastante ¿Qué van a decir las visitas si se enteran de que todavía vemos  TELEVISIÓN ABIERTA? ¿O que nuestra tele no es inteligente? Ni lo quiera Dios mande. Ni lo mande Dios quiera.

Al final, de cualquier manera veremos el episodio. De todas formas, a alguien le parecerá absurdo el que lo hagamos. O idiota. Y lo seguirán haciendo con cada nuevo trending topic. Algunos porque no tienen con quién platicar (como yo en su momento), otros para ver qué gestos hace el de enfrente (también yo) y otros porque simplemente quieren ser parte del concurso de comer pie, pero sin embarrarse la papada. Si tuviese un consejo y miren que los míos son bastante idiotas, sería que disfruten. De todas maneras alguien se ofenderá, alguien llorará y alguien hashtagueará. Pero lo (nochelluviaamas) bailado ¿quién se los quita?

Un comentario Añadir valoración

  1. alejandro dice:

    No por nada entró con fuerza el 90’s Pop Tour, que en su momento era basura y actualmente lo sigue siendo, sólo que estamos atrapados en la nostalgia de nuestra juventud en donde la vida se nos hacía más sencilla por el simple hecho de que éramos unos adolescente.

    A mi me agrada este Alex Serna, de hecho el de TdQ era un inmamable.

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