Sharon Jones: bailar porque no hay más

Hace algunos años (a algunos les parecerán muchos, a mí ya no tanto) en mi ciudad aletargada y mentecata había un entusiasmo anodino pero bellísimo: la gente salía a lugares a escuchar música. No, en serio: salía -salíamos- a escuchar música. No es que eso sea lo raro, sino que en esta ciudad, dicen, no pasa nada. Y entonces sí que sucedía.

En una de esas noches -¿harán ya diez años?- estábamos mi pana y yo (junto a otros dandis del ritmo que no eran precisamente mi familia postiza pero a quienes aprecio con sinceridad hasta el día de hoy) en un lugar cutre y pitarroso, pero hogareño, preparándonos para la noche. Comenzaba apenas a sonar la música y me tocaba a mí, poco después, subirme al escenario a poner discos. Sí, de eso se trataba: de presumir la incipiente colección, de intentar hacer bailar a la caterva del ceño fruncido, de acompañar las caguamas que empapaban los gaznates de los ahí presentes. Me trepé, entonces, al tapanco: en una mesa de botanero había dos tornamesas vetustas pero funcionales; un remedo de mezcladora en medio parecía decir que cualquier precaución estaba de más: el presente sucedía y no había dónde esconderse.

Saqué mi bolsa con discos. Puse a girar las tornamesas. No es algo que acostumbraba hacer, pero esa vez coloqué un disco, dos, tres. Diez, tal vez. Y la muchedumbre (que ya era tal) bebía y conversaba. El murmullo le ganaba a la música. Lo normal. Pero eso me pesó: tenía ganas de una fiesta y aquello no lo era, no aún. Creí que yo no tenía el poder para cambiar aquello.

Yo no, en realidad, pero la música sí. La música siempre. Por suerte, llevaba un disco de Sharon Jones y los Dap-Kings: Tell Me.  Lo puse a girar.

La fiesta comenzó justo entonces. Todos (y digo todos) tomaron la pista, una extensión de cemento ocupada por mesas de plástico que fueron hechas de lado; un montón de personas comenzó a bailar, sin importar nada. Y de eso se trata la música, ¿no? De sentirse vivos. De bailar.

Vi un montón de gente que llegó cansada y harta de la semana a ese lugar y que, gracias a una canción, se levantó a existir con júbilo y orgullo. Fue una de las noches más intensas y geniales de toda aquella época que se distinguió por ser intensa y genial. Pudo haber comenzado de otra manera, pero no: comenzó con Tell Me de Sharon Jones. Eso nunca se me va a olvidar.

Sharon Jones murió un viernes por la noche, en un noviembre frío e imbécil, de un año complicado, 2016. Un cáncer con el que había batallado largo tiempo se la llevó. Hace mucho tiempo de aquella noche bonita pero si hay algo que me hace mantener la fe es que hay música grabada. Porque se queda. Porque impide que se borren las memorias. Porque permite que gente como Sharon Jones, diva, genio, lumbrera, no se muera nunca.

La música importa. Y nunca más que justo ahora.

Mientras haya Sharon Jones, habrá gente que baile. Mientras haya gente que baile, habrá Sharon Jones.

C/S.

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