Adiós Willy y gracias: The Goonies cumple 30 años

Crecer apesta, drugos. Hacerse adulto es como experimentar una cirugía a corazón abierto sin anestesia, en plena conciencia de que algo dentro de ti se transforma, se reacomoda, cambia. Pero tú continúas siendo tú y sientes cada uno de esos cambios; como dolorosamente se desmenuza tu interior y se reconectan cables en lugares distintos. Crecer duele, drugos. No voy a decirles que la vida adulta apesta, sospecho que sí, pero no lo sé todavía, es una fiesta que apenas comienza para mí y me encuentro en ese incómodo momento en el que no sé si llegarán los invitados.

Supongo que es un rito de paso, un segundo coming of age en la vida. Lo que lo hace difícil es que se contrapone mucho con el primero, la llegada a la adolescencia, el dejar de ser niño. Esos años fueron gloriosos para mí y creo que lo son para casi todo mundo. Cuando era niño no podía esperar para convertirme en un adolescente (disfrutaba mucho hacer cosas de niño, pero no me gustaba serlo), porque en mi cabeza eso significaba que frente a mí se abriría un nuevo mundo de emociones. Esas expectativas tenían mucho ver con The Goonies, una de mis películas favoritas desde niño.

La vi por primera vez en 1987, en Betamax. Un grupo de niños misfits corren el peligro de perder su casa y para evitarlo deciden creer en una vieja leyenda sobre un tesoro perdido en una playa cercana. La leyenda resulta ser verdad, los niños raros se convierten en héroes, salvan su hogar, descubren el amor y a nuevos amigos. No está de más que lo diga: The Goonies es la Indiana Jones para pre-teens. Yo me sentía un goonie y también quería encontrar una aventura en el patio trasero. Yo quería ser como todos los goonies; cool como Brand, respondón como Mouth, listo como Data y gracioso como Chunk. Pero sólo era un niño y tenía que esperar, porque para mí, los goonies eran grandes, eran niños que dejaron de serlo.

The Goonies marcó mis expectativas sobre la adolescencia. Un día aburrido podía convertirse en una aventura emocionante y esa misma podía convertirse en una aventura extraordinaria. Quería amigos raros, quería chicas y enfrentar a los villanos. Finalmente las cosas no pasaron así. Bueno, no exactamente así. Nunca tuve un grupo de amigos así, aunque de alguna manera yo me convertí en una combinación de todos los goonies. las aventuras llegaron, un poco más terrenales, pero igual de intensas. Llegaron también las chicas, los amigos raros, los amigos deformes y los tesoros. Mi propia y privada vida a lo goonies llegó y me encantó tanto como la película.

Sí, amé la adolescencia y todavía me aferro a ella. Bueno, malo, no lo sé. Ya veremos. Tal vez ser adulto eventualmente se vuelva increíble. Por ahora, no se siente como mi primer coming of age (crecer, pues). No hay una película que me haga pensar “qué ultrachingón está ser treintón” o “ya no puedo esperar a ser cuarentón, ¡va a übergobernar galaxias!”. No. Just no. No sé cómo Richard Donner hizo para capturar ese momento de vida y hacerlo superlativo para los niños de los ochenta. Creo que sólo Stephen King ha logrado lo mismo, claro, con circunstancias y contextos más horrorosos. De hecho, una buena parte de la obra de King habla del paso de la niñez a la adolescencia y es un componente fundamental en relatos como It, The Body/Stand By Me o Sometimes They Come Back (siempre simbolizado con una caminata sobre una vía de tren; revisen esa imagen en libros y películas)

No sólo eran ellos dos. No se trata de un subgénero, pero el cine de los ochenta definitivamente puso al coming of age como un tema. Pensemos en el cine de John Hughes, en los Coreys, en War Games y en como Ferris Bueller es el jodido amo de todo. La cultura pop y la adolescencia guardaban una relación muy cercana, eran los bros definitivos; antropológica y socioculturalmente podemos argumentar que nacieron juntos y avanzaron de la mano por mucho tiempo.

Luego eso se perdió. En los 70 el cine era muy adulto; en los 90, muy cínico, violento y pesimista. Y en el Siglo XXI, bueno, los niños son demasiado niños y sobreprotegidos; los adolescentes demasiado vanidosos, conformistas y smartasses. Y que digo de nosotros los adultos: cobardía, egoísmo, aburrimiento y quienes tratamos de no ser así ya estamos muy dañados para vivir con la misma emoción. Exagero un poco, pero veo desparecer la adolescencia a nivel sociocultural; los niños pasan directamente a la adultez como antes del Siglo XX. Espero equivocarme y que la humanidad entera siga el consejo de esta canción:

Todo eso lo pensé hoy que The Goonies cumple 30 años desde su estreno. La recuerdo con mucho cariño. La veo muy seguido como todas las películas que me gustan. Hoy sólo Josh Brolin es una estrella. Corey Feldman es uno de los grandes perdedores de Hollywood. Tengo más de 30, vivo (más o menos) como adulto, pero me gusta pensar que sigo siendo un goonie y que eso es suficiente.

El tema oficial de la película era de Cyndi Lauper:

Hace unos años Empire reunió a los goonies:

No sería yo sin algo de trivia: el nombre completo de Brand (Josh Brolin) es Brandon Walsh; el personaje de Jason Priestley en Beverly Hills 90210 se llama Brandon Walsh en honor al goonie.

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