Yo y los Beatles, el burro por delante (Parte 1)

Lo que sigue es un texto lleno de referencias, de nombres, de hipervínculos. El pretexto es el lanzamiento de 1+ en DVD y BluRay: los videoclips que grabaron los Beatles en su breve (pero ampliamente revisada) carrera son editados por primera vez de manera oficial, en alta definición y con una cuidadísima restauración de audio y vídeo. Era el siguiente paso lógico después de la remasterización de su discografía y que fue puesta a la venta en CD (2009) y en vinilo (2012.)

Si bien el cuarteto más famoso del pop no inventó el videoclip (podríamos iniciar una discusión bizantina sobre el tema que no viene al caso) sí lo utilizó como un medio más que, además de promoción, podía ser un producto artístico complementario al disco. En los 60 todos estaban al pendiente de ellos, todos querían algo de ellos. Y la solución para estar en todos lados fue grabar videos de sus canciones para transmitir en la televisión, sobre todo la estadounidense. Era como salir de gira sin salir de gira.

Además, let’s face it: es übercool ver a los Beatles. Son el there’s a place del que cantaban Lenon-y-Macarni. Son ese lugar que se siente como casa para los que crecimos con ellos – o gracias a ellos. Esta es la primera parte de dos, que el nerdeo se ha puesto intenso.

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En el comienzo estuvieron los Beatles.

Sí, bueno, en mi caso, se entiende. Los Beatles fueron lo primero que me apasionó que no era futbol ni los hypes de rigor de la niñez noventera. En mi transición de primaria a secundaria no me importaba otra cosa que los Cabeza de Mechudo. Compré discos, adquirí revistas, me aislé del mundo para, después de un revamp a ritmo de la música de los de Liverpool, presentarme rehecho y listo para la adolescencia – cuando eso significaba defenderse de los otros zagales y de los adultos intrusivos con uñas, dientes, puños, peinados y labia. De hecho aprendí a trabajar por el ansia de comprar discos con mi dinero y no depender del ajeno. La influencia de los Beatles en mi vida resultó fundamental.

Hace muchos años que no les escucho con asiduidad. Los tiempos cambian. De vez en cuando sí pongo a girar alguno de sus discos o pongo sus películas, control a la mano, para hacer fast forward cada cierto tiempo. Pero no puedo negar que de por sí el hecho de que a los 12 te gusten los Beatles más que cualquier otra cosa es un síntoma nerd, mi obsesión me convirtió en un ñoñazo que aprendió a divertirse con juegos mentales, información trivial y el placer intelectual de construirse un mundo imaginario para lidiar con el real de un modo más efectivo. Allá voy, estoy listo.

Es innegable: los Beatles me guiaron al mundo de la música que (recurriré al cliché) es un maldito salvavidas. No imagino mi vida sin la Música, así, con artículo y mayúscula. Pero esa iluminación es obvia y no la exploraré aquí. El camino, debo decirlo, comenzó con Motown, los girl-groups, la música de Brill Building, Arthur Alexander y toda esa música maravillosa que inspiró al cuarteto. Pero el musicómano descubrirá una sorpresa diaria en este mundo, pase lo que pase, así que pasaré a otros temas. ¿Me siguen?

Los Beatles me ayudaron a trazar líneas en mi mapa-de-tránsito-por-esta-pinche-vida que me llevaron a otras latitudes. De esto sí que toca hablar aquí, hoy.

Para empezar, gracias a ellos aprendí inglés. Algunos tíos tenían LP’s que me prestaban (en mi casa siempre ha habido una tornamesa: hípsters antes que los hípsters, los Cisneros González.) El Sgt. Pepper tenía las letras impresas, así como las recopilaciones roja y azul y algunos discos solistas. Copiaba esas letras a cuadernos y luego, incluso, comencé a escribir mis propias canciones y mis primeros intentos torpes de cuentos en inglés. Y escribir se convirtió de a poco en una actividad a la que me hice asiduo, con un disco o cassette de los Beatles puesto, en una tienda de campaña hecha de sábanas en mi habitación…

En cuanto al lenguaje, también me encantó desde siempre el sentido del humor que intuía en los Beatles y que confirmé en los libros de Lennon que luego pude conseguir, In His Own Write y A Spaniard in the Works. Me costó un montón de trabajo entenderle a su inglés, pero era muy musical y me gustaba leerlo en voz alta: siempre pronunciaba cosas mal pero ahora me creo bastante capaz de organizar una lectura en atril en pleno zócalo de… mejor no.

Ya más grande descubrí la poesía y el humor de Liverpool (dos caras de una moneda), con el que tuve que familiarizarme a punta de estudio: The Liverpool Scene, Adrian Henri, Roger McGough (y McGough & McGear), Brian Patten, The Scaffold, Grimms. Eso, inevitablemente, me llevó a otro tipo de humor y música inglesa: de Wodehouse a Chas y Dave, de Douglas Adams a Fry y Laurie, de Monty Python y The Rutles a Look Around You. Me volví un anglófilo pretensioso y melifluo, un farsantillo que, metido en el personaje, aprendió una cosa o dos y que se creyó tanto la mentira que terminó por ser una verdad. Y ya que estamos entrados en la comedia, que George Martin –el productor beatle– grabase también a los Goons me introdujo al maravilloso universo de Peter Sellers, de quien luego me hice definitivamente fanático gracias a, obvio, Dr. Strangelove pero también gracias a The Magic Christian en la que compartía el estelar con Ringo Starr y cuyo tema principal fue compuesto por Polmacarni e interpretado por los gigantesquérrimos Badfinger.

Me hice seguidor del Liverpool FC con la errónea idea de que a los Beatles les importaría el equipo de su ciudad; es una idea falsa en más de un sentido: a Yon-Pol-Yorch-y-Ringo les valía completamente madres el fútbol y, en todo caso, cuando se acordaban de la existencia del deporte de las patadas apoyaban al Everton (sí, tiempo después descubrí que había otro equipo en la ciudad, aunque demasiado tarde; así mejor.) Seguir a los reds me abrió el mundo a leer sobre Bill Shankly y admirarlo y, ya en una época en que esos partidos salían en la tele en México, disfrutar de uno de los mejores partidos que he visto y que veré: la final de Champions 2005 en Estambul. Liverpool perdía 3 a 0 al descanso; en la segunda parte empató y, en un final que sí merece el adjetivo “épico” (está tan manoseado que ya hasta me da grima usarlo), ganó la copa en penales. You’ll Never Walk Alone es su himno, una canción de Rodgers and Hammestein del musical Carousel que, tras ser interpretada por Gerry & The Pacemakers en la primera mitad de los 60, fue adoptada por los liverpudlians para animar al equipo. Si eso no es pura belleza, ¿entonces de qué carajos se trata todo?

Continuará. Tu-bí con-tí-niut.
Clic para leer la PARTE 2.

C/S.

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