Yo y los Beatles, el burro por delante (Parte 2)

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Lo que sigue es otro texto personalísimo lleno de referencias, de nombres, de hipervínculos. El pretexto es el lanzamiento de 1+ en DVD y BluRay: los videoclips que grabaron los Beatles en su breve (pero legendaria) carrera son editados por primera vez de manera oficial, en alta definición y con una cuidadísima restauración de audio y vídeo. Estamos de fiesta.

Y es que discos, libros, películas… esas cosas importan. Pero a lo que te truje, Chencha: 

 

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El cine es mi otro gran amor. Oh, kino de ma vie! Y los greñudetes de Liddypool fueron una influencia definitiva en mi gusto. No tanto por sus películas –que ya lo insinué: me encantan– sino por cuestiones laterales. Su versión de A Taste of Honey me introdujo a Shelagh Delaney y a su obra (y película) homónima, una maldita obra maestra. Tras descubrirla, el paso siguiente era ver todo lo que pudiese del cine de angry young men, el New British Cinema, de las películas europeas de la época. Le entré con gusto y disciplina. Me hice fan de los dramas kitchen sink, de las caper movies, de las pelis de agentes secretos, de la nouvelle vague francesa y de las películas sixties más o menos relacionadas con los Beatles (como The Family Way, comedia costumbrista con soundtrack escrito por Paul McCartney y George Martin, o de las comedias alocadas de Richard Lester, quien dirigió las dos primeras películas de los Beatles, como The Knack… and How To Get It, otra favoritaza.) ¿Cómo las conseguía en provincia? No sé. Algunos viajes me permitieron hacerme de VHSs, algunos con codificación PAL (que pude ver gracias a una tele comprada de segunda mano en ese formato.) Vi Rosemary’s Baby decenas de veces porque fue filmada en los apartamentos Dakota de Nueva York (frente a Central Park), donde vivió Lennon sus últimos años; fue, además, protagonizada por Mia Farrow, cuya hermana Prudence inspiró una canción beatle. Y, ay, que George Harrison apareciese como productor de cierta película me motivó a buscarla hasta dar con ella, tal vez predisponiéndome a considerarla una obra maestra. Pero, epa, lo es: conocí Withnail and I, una de mis inamovibles cinco-películas-favoritas-de-la-vida-hasta-que-aparezcan-otras-cinco-favoritas, y mi mundo sufrió un terremoto que, como sucede con estas conflagraciones, sirvió para cimentar con mayor fuerza y consciencia. Ay.

De las sesiones de la BBC de los Beatles (detalladas en alguna vieja fanzine) aprendí después que había un BBC Workshop con una música electrónica increíble, alguna para programas como Dr. Who, de quien me enamoré gracias a las viejas películas de los 60 como Daleks – Invasion Earth: 2150 A.D. Ya que hablo de música electrónica y experimental, el sello discográfico de los Beatles, Apple, siempre me fascinó y tenía su subsidiaria de sonidos raros, Zapple, que aunque sacó mucha basura me abrió la mente a escuchar cualquier cosa. Si me podía aventar la serie de Unfinished Music de John y Yoko (no sé cómo lo logré), podía soportar cualquier cosa. Mi disciplina para escuchar cualquier disco de inicio a fin se forjó así. Pero además me abrió el gusto por descubrir cierta música fuera del canon, que no fuese el grunge de mis amigos ni el alternativo de las chicas; me puse a curiosear sobre música electrónica y minimalista y llegué a un artículo que luego imprimí y convertí en mi guía para explorar ese otro mundo: 13 argumentos sonoros de Víctor Nubla. Aprendí un montón ya en la era Napster. Por si fuese poco, John y Yoko me enseñaron a tener el temple para ver cualquier película de inicio a fin, porque igual me chuté sus filmes arty sin pestañear, sólo porque la pareja infame aparecía en los créditos de director.

Me adentré también en las historias más macabras de los 60 gracias a Pepper y al “álbum blanco”: Aleister Crowley y Charles Manson. Me hice fan de las teorías de conspiración de la muerte (¿ficticia?) de Paul y de la muerte (lamentablemente real) de Lennon. Leí The Catcher In The Rye por primera vez a los 16 con el morbo de saber qué leía Mark David Chapman cuando decidió hacer aquella pendejada; el tiro salió por la culata y terminé por leer un libro que me definiría porque justo entonces yo era Holden Caulfield o al menos me sentía Holden Caulfield y nadie lo conocía porque apenas eran las épocas del dial-up y, por primera vez, sentirme diferente fue bueno, saberme diferente me llenó de confianza. Me empapé de Swinging London y sus mejores y más escandalosas historias: el escándalo Profumo, los crímenes de los hermanos Kray, el club Ad Lib, David Bailey (y aquella cancioncilla: “David Bailey / makes love daily”), Mary Quant y Vidal Sassoon, el op y el pop-art. Me clavé con la novela Jardines de Kensington de Rodrigo Fresán y, por tanto, con J.M. Barrie.

Y no sólo Barrie. Mi seudoanglofilia de pacotilla me llevó, elemental, a Sherlock Holmes (quien tenía su domicilio en Baker Street de Londres, donde los Beatles abrieron su tienda Apple en 1968.) Los retruécanos lennonescos me recordaron The Wind in the Willows de Kenneth Grahame (que de todos modos me encantaba cuando era un culicaga’o) y, por supuesto, a Lewis Carroll. Quise clavarme con Tolkien, pero nunca lo logré; en cambio, me fascinó The Electric Kool-Aid Acid Test de Tom Wolfe y fui metiendo la nariz en la literatura del mid-century, que me ganó: Terry Southern, Sam Shepard, Jack Kerouac, Ken Kesey, Bukowski. Descubrí que la literatura no se trataba sólo de Macondos y Rayuelas y el mundo me gustó un poquito más.

El siguiente paso nerd (gracias a las historias de niñez de los Beatles y otros grupos favoritos, How I Won The War y la adolescencia misma) fue convertirme en un memo de la Segunda Guerra Mundial. Comencé a acumular libros, artículos y películas del asunto; amagué con convertirme en un ratón de biblioteca, pero las actividades al aire libre siempre me han fascinado y, con trabajo, logré ser un cerebrito que anotaba goles. Sin embargo, tarde o temprano llega la politización (le llegó hasta a los Beatles de una manera ingenua y rara, sobre todo a Yonlénon) y este, su trapisondista lelo favorito, se puso a leer sobre los Black Panthers, la lucha por los derechos civiles, los hippies (war is over if you want it!), la contracultura (¡hey, Parme!) y todo ese jazz. Me volví un rojillo raro, un working class hero de pacotilla, un revolucionario de clóset antes de las redes sociales. Y, fuera de broma, fue una etapa que cimentó efectivamente mi visión del mundo. Por suerte.

Y, por suerte, nunca logré clavarme, aunque lo intenté, con el rollo Maharishi de los Beatles. De esa brevísima etapa me quedan varios discos de Ravi Shankar, algunos libros y un inevitable y raro cariño por Kula Shaker y el Radha Krishna Temple. Ups.

Pero lo más improbable es, tal vez, hacerse aficionado al béisbol por los Beatles. Espera, Cisneros… ¿qué clase de sandeces dices? ¡Eso ya es rizar el rizo! Pues, sí. Mi padre siempre ha sido un gran aficionado del (siempre quise decirlo así en texto: allá voy) Deporte Rey (¡yeah!) e incluso nos llevaba de niños a un solar en el que se juntaban varios amigos a jugar pelota y beber caguamas – nosotros hacíamos sólo lo primero. Pero nunca me interesó tanto. Hasta que un día escuché que en la televisión, mientras papá veía un partido, hablaban del Shea Stadium. ¿El mismo en que tocaron los Beatles aquel famosísimo concierto en la gira de 1965 (y en la del año siguiente)? ¿Y ahí quién juega? ¿Es de béisbol? ¿Puedo quedarme a ver el juego? Y, bueno, a la fecha el béisbol es de mis pasatiempos predilectos. Carajo, qué emocionante puede ser la vida.

Si sabes muchas cosas, el mundo es cada vez más brillante. A pesar de todo. A pesar de todo, he dicho. ¿Perder el sentido del asombro? Jamás. Incluso en mis momentos más oscuros he encontrado algo, hasta ahora. O eso me gusta creer. Y todo esto comenzó con los Beatles. Pudo haber sido de otra manera. Pero no lo fue. Así está bien.

C/S.

* * *

P.S. (I love you): La beatlemanía –no me gusta el término, pero no encontré otro– en México siempre me ha parecido un fenómeno raro. Es totalmente cultura popular, nos los hemos apropiado de maneras extrañas; mi abuelo les llamaba, despectivo, “los mariachis de Liverpool” pero, hey, creo que algo así es como los vemos en estas latitudes. Como sea, dejo este pequeño documental para ilustrar mi punto, un programa de televisión que me fascinó desde que lo encontré. Disfrutad:

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